J Barrero

Javier Barrero, el Barón del Rock Colombiano.

Por: Jasa Rehm

La localidad de La Candelaria es reconocida por ser un libro de historias, no sólo de los momentos importantes de la creación de la capital del país, sino también de relatos de lo paranormal y datos de lo más curiosos que hacen de esta zona de Bogotá, un paso obligado para los turistas de todas las formas, nacionalidades y colores.

El adoquinado del diablo, la profecía del visitador y el espectro de la casa verde, son algunas de las leyendas que hacen parte de los documentos que por años han consolidado historiadores e investigadores de la memoria ancestral y colonial de la nación. Se han recogido innumerables textos, algunos que parecen sacados de la ciencia ficción ochentera, otros, de algún anciano trastornado que sobrevivió al paso del tiempo y hoy no tiene edad, haciendo creer que vivió aquellas situaciones o que recibió de algún pariente la herencia oral de lo que fue su paso por estas tierras, bautizadas en su momento, con otras lenguas.

Los guías turísticos del sector se han especializado, no solo en mantener esas viejas letras casi borradas con el tiempo, sino de alimentar sus discursos con actualizaciones de los residentes que aseguran tener encuentros con entidades de otros planos y escuchar ruidos que evocan lo que fuera la vida de algún histórico personaje que habitaba su casa en otros tiempos.

Con los años se han producido reportajes, documentales y hasta comics, buscando plasmar esa palabrería en tanto formato que aparece con el tiempo. Parece que cada vez que se trabaja en la construcción de alguna otra leyenda que ha surgido de las calles de La Candelaria, resucita un anciano argumentando saber de dónde salió y cuál fue su causa, pero nadie se pregunta inicialmente: ¿de qué piedra salió el anciano?

De vez en vez se mezclan unas historias con otras, ya que, al ser Bogotá una de las metrópolis del mundo, se convierte en el hogar de visitantes que año tras año buscan la oportunidad que no encuentran en sus tierras y dibujan en su libro de sueños las agotadores e interminables calles de la capital colombiana, haciendo reversiones de su vida lejos de su terruño de nacimiento.

Foto: Alejandro Barbosa (Tomada de Facebook)

Entre la multitud que hacía la fila para sumar estrés a su vida, en 2004, estaba Javier Barrero, directo de la ciudad de Cúcuta, Norte de Santander, superando las poco más de 11 horas de viaje por tierra y, seguramente, las penurias de carretera a las que se exponían los viajeros en aquellas épocas.

Con un puñado de revistas bajo su brazo (autopublicadas) y buscando nuevas formas de direccionar su periodismo independiente, se acomodó en la gran selva de asfalto para dar a conocer su trabajo y extender su portafolio cultural, aunque, a diferencia de otros visitantes, diseñó previamente algunos contactos por correspondencia, lo que le permitió acomodar sus palabras en una pequeña esfera social.

El Magazín Cultural Letra Oculta llegó a la capital a inicios de la década del 2000, con unos pocos ejemplares en físico, de lo que fuera una producción independiente nacida en territorio cucuteño, antes que las formas digitales absorbieran el periodismo escrito, aunque su magazín sobrevivió en el formato tradicional hasta el 2017.

Javier se “escondió” en una de las montañas conocida como el barrio Diana Turbay al año de su llegada definitiva (2004), ya que se aventuró de turista tiempo antes de decidir si construía una nueva vida en el centro del país. Su residencia mudó por algunos sectores de la ciudad, hasta que se estableció en la ya mencionada localidad de La Candelaria.

Foto: Fundación Homosapiens-x (Tomada de Facebook)

Pasaron unos 10 años para estrellarme con esa cara regordeta y sin emociones que permanecía largo tiempo en uno de los establecimientos populares del centro. Rolling Disc, un lugar de visita obligada para los rockeros del país, con más historia que Simón Bolívar, era frecuentado por Javier (y por mí), hasta que un día coincidimos, yo entrando a saludar y él poniendo a prueba la silla del local con sus incontables kilos de historia.

“La nevera”, como se le llama a esta ciudad, no sólo por su clima, sino también por la poca empatía que tienen los nativos con los inmigrantes, nacionales y extranjeros, normaliza la falta de cortesía de los tenderos y habitantes con cualquier ciudadano, aunque las características hostiles de Javier no eran provocadas por el tiempo vivido aquí, al conocerlo, era evidente que su personalidad estaba aferrada a la carga histórica de su propia vida.

Cuando lo conocí, no sabía si quería golpearme o invitarme un trago, pues su rostro era como una foto, inmutable e impredecible. Cuando comenzamos a hablar de música me di cuenta que no íbamos a ser los súper amigos del rock and roll, pues no coincidíamos en casi nada. Él, un aferrado a las leyendas de la música y poco convencido de los nuevos sonidos, yo, un explorador y consumidor de propuestas emergentes. Así, muy complicada la cosa.

Sin embargo, lo seguía intentando, pero a cada mención de mis rebuscadas bandas que consideraba la sensación del momento, él solo torcía la cara y decía “música de patinetos”, una frase que me hacía devolver los discos a su empaque sin ganas de armar una defensa que me permitiera insistir. Parecía que su vara de medida contra toda propuesta que llegaba a sus oídos eran las composiciones de Roger Waters (Pink Floyd) y los sonidos de Barón Rojo, y al no pasar la prueba de calidad, quedaba con el sello de “patineto”, una marca registrada con el acento cucuteño. Aunque no era el único al que difícilmente le gustaba algo nuevo, consideraba a los demás unos payasos sabelotodo, porque Javier sí que tenía argumentos para callarme.

Luego del Magazín Letra Oculta, su siguiente proyecto bautizado: “Mercado del Rock Nacional” (2015), fue el que permitió acercar mi marca, para comenzar a desarrollar actividades en alianza y encontrarnos en diferentes espacios, entre los cuales estaba uno de sus cafés favoritos del centro, y su casa, espacio que conocería poco después…

Foto: Javier Barrero (Tomada de Facebook)

En la hermosa y enigmática Candelaria vivía Javier Barrero, un pequeño espacio muy al estilo de los hoteles de carretera de las películas que veía de niño. “Simona”, su gata, era la custodia del pequeño recinto, compuesto por un televisor, un computador de mesa y una cama que cubría casi todo el lugar. Ella dormía todo el día, o al menos esa era su actividad favorita cuando llegaban las visitas, pues no se veía más que un bulto respirar debajo de las cobijas de las cuales no salía sino para comer.

Ese era el mundo de Javier, solitario en medio de la multitud. Su pequeño universo en el que veía vídeos de Pink Floyd y consideraba “patineto” todo lo demás. Pocas veces se veía sonreír, pero cuando lo hacía, tocaba registrarlo, pues era una increíble mutación de su impávido rostro, todo un evento para recordar.

En 2019 sale a luz el libro “100 miradas agudas a través del metal colombiano”, que publican de manera independiente Javier y dos colegas de tertulia cultural (y uno que otro whysky), para dejar un documento que se suma a las diferentes formas en que se lee la historia de la música extrema nacional.

Foto: Juan Carlos Ardila

Con 49 años de edad, el 24 de julio de 2020, Javier Barrero engrosa la lista de los más de 2500 fallecidos por la pandemia del COVID-19, dejando unos zapatos imposibles de llenar, no por su gran talla, sino por los aportes y letras que dedicó para el arte y la cultura de nuestro país. Aún conservo algunas de las piezas que hicieron parte de su producción periodística, pero, más que eso, tengo intacta la memoria de un hombre que se mantuvo firme en la hermosa pero compleja carrera de ser gestor cultural y de consolidar un proceso independiente que nunca reconocieron las grandes instituciones y marcas, sólo hasta después de muerto, pero para llenar sus blogs de noticia.   

Allí, en La Candelaria, ronda el espíritu creador e inquieto de otro personaje que pisó las coloniales calles del centro de Bogotá y dejó tantas historias para recordar al momento en que se recuerda su partida, que permite leerse una y otra vez en el magazín de las letras ocultas de su vida.

A los 5 años de su muerte.

24 de julio de 2025.

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