¿El Death Metal sigue vivo entre nosotros?
Por: Joel Cruz Arévalo
Fotos cortesía: Ana María Martínez – Music Space
El pasado 21 de febrero, el Teatro El Ensueño abrió sus puertas a una de las expresiones más radicales de la música extrema con el evento El Death Metal se toma El Ensueño. La velada no solo puso en escena cuatro miradas distintas del género, sino que dejó flotando una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cómo consolidar un circuito sólido y sostenible para el metal extremo cuando la sobreoferta cultural, el rechazo ocasional al producto colombiano y la resistencia al pago de boletería siguen siendo obstáculos persistentes? En medio del debate que se pueda suscitar, el teatro se transformó en un espacio donde la solemnidad arquitectónica convivió con la crudeza sonora, demostrando que el death metal también puede dialogar con escenarios de carácter institucional sin perder su identidad.


Las presentaciones confirmaron que la estética «culta» del recinto no diluye la esencia del género. Por el contrario, la potencia simbólica del death metal —su confrontación directa con la muerte, la decadencia y los miedos colectivos— encontró un contraste sugestivo bajo las luces de sala. Cada banda defendió su lenguaje con rigor, fidelidad estilística y un compromiso evidente con su discurso, recordando que esta música sigue siendo una metáfora incómoda pero honesta de los rincones más oscuros de la condición humana.
Antes del concierto, una rueda de prensa permitió una breve radiografía del público y de los proyectos involucrados. Desde Medellín llegó No Raza, acompañada por The Scum desde Manizales y Quemarlo Todo, llegados de Bucaramanga. La cuota capitalina estuvo a cargo de Herejía, encargada de representar la escena local. Más allá de miradas superficiales —como la atención injustificada al atuendo de una de las bandas—, el espacio sirvió para que la prensa independiente conociera de primera mano los procesos creativos. Quemarlo Todo, la agrupación más joven del cartel, expuso con claridad el camino recorrido con su debut Incendia, mientras que las otras bandas, inmersas en transformaciones internas, alimentaron la expectativa sobre su desempeño en un escenario de alto perfil.


En vivo, la noche se desplegó como un acontecimiento en honor a la brutalidad. Quemarlo Todo asumió la apertura sin titubeos, enfrentando con solvencia el reto que implicaba compartir tarima con proyectos de mayor calibre. Luego, Herejía llevó al escenario una propuesta de tintes sinfónicos que dialoga con su obra In Nomine Obscuritatis, reafirmando una búsqueda constante por evitar la repetición y acentuar una sonoridad técnicamente cruda. Aunque hubo fallas puntuales de sonido —especialmente en la participación vocal invitada del gestor cultural y conductor radial Jasa Rehm—, la banda dejó claro que su inquietud creativa sigue siendo uno de sus mayores aciertos.
El golpe más frontal llegó con The Scum. Su death clásico, directo y sin adornos, estableció un vínculo inmediato con el público, recordando que el mensaje de horror bien ejecutado también puede ser profundamente comunicativo. Finalmente, No Raza cerró la noche con la autoridad que le otorgan los años de oficio y el bagaje que le ha dado el camino elaborado en el exterior y especialmente, Estados Unidos; consolidando así y en conjunto, un espectáculo que confirmó finalmente el alto nivel del cartel y la vigencia del género en el país. Por alguna razón, el estilo que recalca el fin inevitable de la vida en pleno ocaso, es muy preciado en Colombia desde hace casi cuatro décadas, nada más.


El Death Metal se toma El Ensueño fue una radiografía de un género entrañable el metal colombiano, y como si la paradoja estuviera a la orden del día, brilló también por un público más bien escaso, corto de vitalidad, magro. Su versatilidad demostró que el metal extremo puede ocupar espacios formales sin perder ferocidad. Aún así, pese a su fuerza, sostiene con dificultad la fragilidad de una escena que se esfuerza más por el cuestionamiento que por la acción, dejando una vez más sobre la mesa ese desafío de ser ante el mundo una industria cultural digna y sostenible.
Evento organizado por Wild Noise Productions y Mesa de Rock de La Candelaria
21 de febrero de 2026 Teatro El Ensueño


