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Tortazo Rock 2026: Canciones que aún caminan entre generaciones y nostalgias compartidas

Por: Joel Cruz @joel.cruz.ar

La Media Torta estuvo observando todo desde la montaña, como un viejo animal de piedra. Abajo, Bogotá respiraba entre neblina y concreto, con ecos de ladrido de perro criollo; arriba, las gradas comenzaron a llenarse de muchachos que nacieron mucho después de los discos compactos que algunos habían ido a venerar. Por fortuna, no era una reunión de veteranos aferrados a sus recuerdos de precariedad y riñas policiales en la Avenida 19 durante el reinado de los carros bomba. Era algo más extraño, pero alentador. Ilusiones con picos y valles que datan de 1958, cuando Discos Fuentes publicó Very very well de Carlos Román y su Sonora Vallenata.

La mayoría de los rostros rondaba los veinte, veinticinco años. Jóvenes que cantaban canciones anteriores a su propia memoria, como si hubieran heredado un manojo de fotografías de un celular Nokia 5070 anaranjado y sin conocer a las personas que aparecen en ellas. ¡Qué ternura! Fotos de un megapíxel de resolución. Entre otras, alimentando el alma a punta de algoritmo, porque el alma sin música es desnutrición pura. Una que a la larga también hace mella en el cerebro.

Modernidad heredada de lo clásico e inmaculado

Pez Errante abrió la tarde intergeneracional (diversión para grandes y chicos, decían en los programas de TV ochenteros) con la energía de quien todavía tiene algo que demostrar al stoner y el grunge que en parte, los apadrina. La banda sonó compacta, segura, sin la ansiedad de las bandas emergentes que suelen confundir volumen y afán hormonal con carácter. Hubo rigor en su show y una voluntad genuina de ocupar un lugar dentro de un circuito que a veces parece mirar demasiado hacia atrás, para quedarse ahí. El rock más visceral nace del desencanto y en la urbe de Monserrate sí que sabemos del tema.

Después apareció The Kitsch, llevando consigo ese caos controlado de garage rock, ironía y actitud callejera. Su propuesta se movió entre el ruido elegante y la provocación, como si cada acción quisiera recordarle a la tarima de la Media Torta  que provocar desacato es más importante que convertirse en un monumento con pulmones y vanidad. V For Volume por su lado, entendió una ley que no está escrita en ninguna parte, pero funciona muy bien si se sabe usar: conectar con el público. Su presentación tuvo la fuerza de un acto moderno. Por lo mismo, posiblemente, las canciones de su etapa Plan de fuga suenan frescas, elaboradas; dueñas de un carisma interesante. María José Camargo dominó el escenario con una combinación poco frecuente de precisión y personalidad, convirtiendo cada tema en un segmento teatral y cada silencio en una sugestión narrativa. Fue una actuación de presente, no de antaño.

The Black Cat Bone continuó elevando el firmamento, más parecido a un cielo de El Greco que uno de Dreamworks, a lo Albert Hofmann. Lo suyo ya no es una intención anglo e impulsiva de sus primeros años, sino algo más difícil de conseguir y manejar con destreza: madurez. El grupo sonó con la visión de quienes saben entre tantos ires y venires qué quieren decir y cómo decirlo. Blues, hard rock, country y experiencia en un discurso coherente, poderoso. De alguna forma y pese a su larga pausa en el nicho rockero, nunca se fueron.

La remembranza en signos vitales: el desafío del escenario más allá del conformismo

Luego llegó la nostalgia. Bajo Tierra apareció entre aplausos y expectativas acumuladas por la muchedumbre durante décadas. Cuando sonó El Pobre, una ola recorrió las graderías. Algunos cantaban desde el hit radial efímero del 97; otros desde la curiosidad de cualquier playlist autóctona. El sencillo todavía conserva la capacidad de reunir desconocidos alrededor de una misma melodía, casi al unísono.

No obstante, mientras avanzaba el repertorio surgía una pregunta engorrosa: ¿qué ocurre cuando una escena regresa una y otra vez a los mismos himnos intocables? ¿A las mismas euforias recicladas del confort? La emoción estaba allí, indiscutible, pero también la sensación de asistir a un festejo que el underground nacional repite desde finales de los noventa, esperando un cuarto de hora más hollywoodense. Un ritual simpático, incluso necesario, aunque alimentado principalmente por recuerdos universitarios y bares de leyenda urbana. Un fuego que sigue ardiendo, pero que rara vez encuentra nueva leña. A veces tibio, en contraste con la pasión inherente a un pogo.

Fuera del escenario, la realidad insistía en colarse, hasta que a punta de empujones lo logró. Cuando las luces comenzaron a apagarse, quedó una imagen decididamente terca: miles de jóvenes ocupando un anfiteatro histórico para escuchar agrupaciones que pertenecen a distintas épocas. Quizás esa sea la verdadera noticia. El rock hecho en Colombia todavía convoca y mientras no haya que pagar entrada, mejor. Todavía, al menos, encuentra oídos nuevos. Lo que nadie sabe es si sus melodías están señalando el camino hacia adelante o simplemente iluminando, una vez más, el sendero que conduce al pasado.

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